Mentira el silencio marginal

Unos meses atrás estaba en un recital y hubo una frase emitida desde el escenario que me quedó resonando en la cabeza hasta el día de hoy: “piensen que acá, hace unos años, esto (refiriéndose al mero acto de ejecutar música en vivo y conglomerar una cantidad de gente alrededor) no se podía hacer”. ¿Cómo se hace, pienso para mí mismo, para escribir una crónica de una etapa que no atravesamos, nosotros, los hijos de la democracia? Hablar de dictaduras en Argentina resulta un tema altamente sensible y el menor traspié puede colocarnos en la casilla del facho, oligarca, vende patria o asesino. Plantear la llamada teoría de los dos demonios, defender las acciones realizadas por distintas organizaciones paramilitares-políticas o, en el peor de los casos, justificar el plan llevado a cabo por las fuerzas del orden público en contra del pueblo al que debieran resguardar no está en el plano de la discusión de este escrito. Para no entrar en disquisiciones cobardes, dos afirmaciones puede hacerse: la primera, las fuerzas militares han equivocado desde la gesta nacional su papel de salvaguardas. En nombre de defender la patria de vaya uno a saber qué han trastocado el orden político repetidas veces desde 1930, año en que, junto al primer golpe pusieron de moda los métodos de tortura que luego fueron la base del terror instaurado por el gobierno del General Videla. La segunda, fueron varias las organizaciones políticas que encontraron en las armas el camino para defender los ideales que representaban y que vieron amenazados por la constante intromisión del ejército en la vida política nacional. Como sea, es menester recriminar a ambas partes lo que les corresponda. Lo que no se puede dejar de reprochar es el brutal resultado de los delitos cometidos por el Ejército Argentino durante el período 1976-1983, que exceden los límites de lo permitido para una fuerza cuya obligación es defender y proteger al pueblo, su territorio y soberanía.

Toda esta introducción resulta necesaria para volver al pensamiento inicial: en la Argentina dictatorial de los setenta, no se podía hacer música. Sería un error que aquí no cometeremos negar las desapariciones, las torturas y las amenazas. Es casi seguro afirmar que todos y cada uno de nosotros tiene a una distancia cercana un familiar, un amigo de un amigo o un conocido que pasó por el filo del salvajismo patriótico. Los artistas en aquella Argentina no estuvieron exentos de ello: allí está la policía provocando el incendio al teatro donde actuaría Moris, o el accionar del Comando Formosa en contra de éste, Facundo Cabral y Nacha Guevara; la pistola sobre el escritorio que obligó a Gieco a emigrar; las censuras y las listas negras en las que aparecieron numerosos artistas por motivos que, a veces, parecen incomprensibles pero existieron. En mayo del ‘76, por ejemplo, el COMFER vetó Loco por tu culpa de Palito Ortega y en junio de ese año, una de Camilo Sesto y otra de Roberto Carlos. Músicos de todas las extracciones perfilaron hacia destinos lejanos: María Elena Walsh, Mercedes Sosa, Jairo, Moris, Javier Martínez, Nacha, y una lista innumerable que incluiría también actores y periodistas. Todavía hoy se tejen mitos y dudas acerca de la muerte de Jorge Cafrune, quien en el Festival de Cosquín del ’78, accedió a cantar Zamba de mi esperanza. Entonces Cafrune manifestó que “aunque no está en el repertorio autorizado, si mi pueblo me la pide, la voy a cantar”. En su libro, Yo fundé la Triple A, Salvador Paino afirmó que “Cafrune no podía ser ejecutado secuestrado, sino que se necesitaba planificar algo más complejo para que quedara impune”. Cafrune era un reconocido militante peronista cuyas letras resultaban peligrosas para López Rega y compañía. Emilio Del Guercio o Miguel Cantilo, quienes en letras como Camino difícil o La leyenda del retorno, hicieron claras alusiones al peronismo y la guerrilla matizadas por una hermosa poética, también forman parte de esa enorme lista de artistas que en un momento u otro decidieron emigrar. Distintas fueron las suertes de uno y otros por motivos que no alcanzamos a comprender de esa inteligencia militar. En aquellos tiempos la rebeldía juvenil se trataba a base de estadías en la cárcel y sesiones de electroshock en manicomios. Tal pareció ser el caso de Tanguito, cuya muerte en las vías del tren San Martín también siguen despertando dudas sobre las causas que la produjeron.

Sin embargo, los datos que pude recopilar me permiten intentar presentar una oposición a la afirmación taxativa de que aquí no se podía hacer música. Sí es cierto que muchas canciones pasaron por el veto o la censura, debiendo modificar sus letras o a veces siendo eliminadas de lleno de los repertorios. Al parecer, el trabajo fino del plan de reorganización nacional (así llamado por los servicios de inteligencia militar -dos términos contradictorios según Groucho Marx-) se concentró sobre tres ejes: los sindicatos, los comités de los distintos partidos políticos y los centros de estudiantes. No faltaron los intelectuales, párrocos o periodistas que fueran perseguidos hasta la muerte. Ahí están el cura Mugica o Rodolfo Walsh. Tal pareciera que la música, y el rock como centro de atención natural de una creciente porción del segmento juvenil, fue utilizada como vía de escape, permitiéndosele la aparición, controlada, sí, pero existente al fin. La censura existió, las amenazas fueron reales, y salvo algunos casos, pareciera que la violencia física sobre los músicos pareció omitirse. Existe un sketch interpretado por Pescado Rabioso, incluido en la película Rock hasta que se ponga el sol (1973) en que se ilustra con ironía la violencia imperante de aquellos años. En el mismo, se ve a los Pescado (Spinetta, Lebón, Cutaia y Amaya) caminando tranquilamente por una calle cuando el Ruso Lebón recibe un balazo a la altura del abdomen disparado por un muchacho desde un Falcon cuyo destinatario era un hombre vestido de modo elegante y acompañado de su chofer.

No hace falta recurrir a muchas fuentes para poder afirmar estas palabras, y solo leyendo a periodistas culturales de la época como Lernoud o Grinberg basta para saber de las ciudades empapeladas con los afiches del Adiós Sui Generis (el recital y luego la película), la reunión de Almendra, los recitales de Los Desconocidos de Siempre auspiciados por empresas multinacionales (¡¡¡mucho antes de que Charly se vendiera a Fiorucci!!!). Tampoco se pueden ocultar las concentraciones masivas en diversos recitales en el Luna Park donde tocaran el Invisible de Spinetta con 12 500 concurrentes, Crucis (12 000) o Polifemo (5 000), y hasta el mega Festival del Amor donde Charly García abandonaba La Máquina de Hacer Pájaros, reuniendo una muchedumbre que ovacionó el breve segmento en que con Mestre repitieron temas de Sui Generis, para luego emigrar a Brasil donde gestaría junto a Lebón, Moro y Aznar lo que sería Serú Giran, acaso la banda más representativa de la resistencia a la dictadura (quizás no por ellos mismos o su música sino porque en sus recitales el público se permitía respirar aires de esperanza y aguante). ¡Si hasta se utilizó al rock vernáculo como bandera cuando estúpidamente se prohibió la música en inglés durante el conflicto por las Malvinas!

En fin, no se puede afirmar que aquí la situación imperante impedía la proliferación de música, que a excepción de la caída económica y su consecuencia en la disminución de ventas y lanzamientos discográficos, cada vez ofreció más y más artistas nacidos en estas tierras. Tampoco se puede negar la atrocidad de esas 30 000 ánimas de cuyas existencias todavía se siguen buscando los rastros. No se pueden discutir los hijos expropiados cuyas identidades fueron trastocadas ni el terror sembrado en aquellos que todavía salían a la calle en el día a día ni en los que hoy viven para contarnos. Dos cosas se pueden afirmar. En primer lugar, la música existió y circuló pese a los vetos, y los jóvenes accedieron a ella. La segunda: Memoria, Verdad y Justicia.

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