Insomnio

Abrí los ojos de sobresalto. Alguien había estado llamándome entre sueños.

Otra vez… –dije, sentado al borde de la cama.

Ilustración para Insomnio - Guille.jpg

No era la primera vez que me pasaba y quién sabe si sería la última.Caminé desde el cuarto hasta la cocina con las luces apagadas. El pasillo es bastante estrecho pero como no quería molestar a las nenas preferí hacerlo de ese modo.
Me había despabilado. Pensé que a esa altura de la noche un té de manzanilla no podía empeorar mi insomnio. Ya en la cocina, agarré una taza, una cuchara y un saquito nuevo de la alacena. Después, calenté agua en la pava y la serví apenas empezó a silbar. Le agregué dos cucharaditas de azúcar y lo revolví. Probé un sorbo. Me detuve un segundo antes de escupirlo en el lavaplatos.
Estaba helado.
Confundido, metí la mano adentro de la pava para comprobar si el agua estaba caliente. Definitivamente no lo estaba.

Entonces… ¿Qué habrá sido ese ruido? –me pregunté por lo bajo.

De repente, volví a escuchar el mismo silbido de antes. No era la pava. Tampoco el viento entrando por la ventana. Y una vez más, el silbido.
Sin lugar a dudas, venía de otro cuarto. “Del de las nenas” pensé, mientras un escalofrío me arañaba la columna vertebral.
Un presentimiento horrendo me acobardó. Imaginé lo peor.
Atemorizado, caminé hasta la primera puerta del pasillo y husmeé por la cerradura. No pude ver nada. Estaba demasiado oscuro, como siempre.
El silbido se oyó aún más fuerte que antes. Era como un siseo entre dientes, similar al que emiten las serpientes y otras criaturas que se arrastran. Un sonido que hiela la sangre.
Yo no quería abrirla, no tenía el valor para hacerlo pero, en el fondo, sabía que era mi obligación. Puse mi mano en el picaporte, respiré hondo, cerré los ojos y conté hasta diez.
La puerta se abrió con un chirrido metálico hasta quedar entreabierta. Asomé la cabeza y espié adentro, con el corazón en la garganta.

¿Chicas? – pregunté, casi sin aliento.

Esperé unos segundos antes de abrir los ojos. Como no hubo respuesta, pensé que era seguro hacerlo. Suspiré. Hasta que mis pupilas se acostumbraron a la penumbra, no pude más que temblar.
Cuando al fin fui capaz de vislumbrar algunas sombras, noté que en el centro de la habitación, una de las cadenas estaba suelta.
Horrorizado, di un paso hacia atrás. Ni siquiera atiné a cerrar la puerta cuando algo se me aferró al tobillo con fuerza, y me hizo caer de espaldas al suelo.

¿Papi? – me susurró una vocecita al oído, al igual que en mi pesadilla.

Por desgracia, esta vez estaba despierto.

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